Puede que a ojos de cualquiera que lleve tiempo volando, le parezca una minucia, pero para un tío inexperto como yo, ha sido hasta ahora, mi mejor vuelo.
El día en Villar estaba perfecto a esa hora: unos 8 nudos (15 Km/h) encarado.
Pero vayamos por partes. Primero, el montaje. Al contrario que los días anteriores que se me resistían un poco los push-pin de la barra de control, esta vez fue como la seda, y creo que se debe a la diferencia de hacer las cosas con calma o con prisas.
En fin, monté todo el equipo y me preparé para salir. En cuanto bajó un poco las rachas fuertes que había, me lancé y acto seguido giré a la izquierda (que otras veces tardaba un poco) con lo que en seguida pude ver que me ponía por encima de la montaña.....ya voy más relajado. Cuando llegué a la cruz del final, llevaba ya 100 m por encima del despegue; yo ya flipaba.
No me quiero enrollar, que se hace muy pesado. Sólo contaré que hice idas y venidas por la ladera, intentando aprovechar las pequeñas térmicas que me encontraba, que intentaba cogerlas bien sin éxito, porque enseguida las volvía a perder. El caso es que a lo tonto, alcancé los 600 m. Sin embargo, llegó un momento que yo noté que seguía subiendo sin esfuerzo y a lo largo de la ladera, hasta que me percaté de que sobre mí se cernía una nube un poco negra, que, quizás estuviera ejerciendo succión.
Sin pensármelo mucho, le comuniqué por walkie a Ana, mi mujer que ya me esperaba en el aterrizaje, que iba para allá.
Y el aterrizaje, ¡de libro! Un par de ochos para bajar altura y aterricé en poco más de 30 metros. Eso sí, siguiendo las indicaciones que me dio J Villa un par de días antes, que consiste con este ala (SYNAIRGIE JEANS 60%) en picar bien, un poco antes del planeo, empujar la barra de control, ponerse de pie, planear un poco y cuando llegué el momento del empuje final, empujar bien.
Así que, hoy estoy todavía en una nube (una de esas mulliditas, no una cúmulo nibus, je, je).

